leahEn la prosa poética de Débora, ella se identifica a sí misma como “madre en Israel” (Jue. 5:7). Este término es usado en algunas iglesias en las que se identifica a las mujeres mayores como “madres en Sión”. En los primeros días de algunas denominaciones, las mujeres mayores de la iglesia eran honradas grandemente con este título. Estas mujeres de fe algunas veces eran viudas, y habían criado hijos que ya eran adultos, y que muchas veces vivían en diferentes estados. Jubiladas y con mucho tiempo libre, sus últimos días los pasaban como guerreras de la oración y realizando obra voluntaria en la iglesia. Eran buscadas por su sabiduría, ya que sus muchos años les conferían experiencias que podían salvar de la desesperanza a las mujeres más jóvenes siguiendo sus sabios consejos.

En nuestro ministerio tenemos a una extraordinaria mujer de ochenta y seis años. Ella goza de buena salud y tiene una mente y espíritu agudos. Ella da estudios bíblicos en su casa cada dos miércoles a un grupo de entre cuarenta y sesenta personas. Hace unos años, ella tenía a doce hombres viviendo en su casa, todos expresidiarios. Ella dedicaba su tiempo a enseñarles la Biblia, orar con ellos, y a veces disciplinarlos por sus acciones. A menudo la gente le preguntaba: “¿Alguna vez se ha sentido amenazada o temerosa, o le han robado alguna cosa de su casa?”. La respuesta era: “No. Algunos de estos hombres nunca tuvieron padres espirituales en sus vidas, y otros no tuvieron una madre o abuela que los dirigiera por el camino correcto. Ellos me veían como su madre o su abuela, y siempre me trataron con respeto. El secreto está en actuar correctamente con la gente, y dar a conocer nuestro corazón. Ellos respetarán si nosotros los respetamos”. Ella ya no tiene la capacidad de albergar y instruir a estos hombres, pero aún sigue teniendo un gran celo por Dios.

Una de las madres de Sión más maravillosas que he conocido es nuestra amada líder de intercesoras Bea Ogle, de Pulaski, Virginia. Ella asiste a la Iglesia de Dios Bob White Boulevard, y la primera vez que me escuchó hablar en esa iglesia fue en 1980 como un pastor de jóvenes adolescente. En 1981 el Espíritu Santo puso sobre ella la necesidad de orar constantemente por mí, y por el ministerio Voice of Evangelism (La voz del evangelismo). Lo hizo durante años, hasta que en una temporada de oración el Espíritu Santo puso en ella la idea de organizar un equipo de oración integrado únicamente por mujeres, llamado las Hijas de Raquel. El grito de Raquel era: “Dame hijos, o si no, me muero” (Gn. 30:1). El objetivo de este equipo de oración era orar por mi familia y por mí, por nuestra salud, por nuestra protección, y para que Dios me diera las fuerzas para llevar a cabo la voluntad de Dios; así como interceder por resultados espirituales, e incluso para que los nuevos bebés en Cristo fueran dados a luz espiritualmente a través del ministerio. Gracias al liderazgo de Bea, en treinta años fueron levantadas más de mil seiscientas mujeres de oración, incluyendo a líderes del estado que nos apoyaron con sus oraciones.

Tía Bea, como la llama cariñosamente mi familia, el personal, y las integrantes del equipo de oración Hijas de Raquel, nunca pudo tener hijos biológicos. Ella y su esposo Elroy, nunca pudieron concebir un hijo. Hace años le dije que si ella hubiera concebido una familia de hijos biológicos, jamás habría tenido el tiempo necesario para pasar horas en intercesión, y hoy estaría cuidando a sus nietos. Sin embargo, sus “hijos” son hoy todas las mujeres intercesoras que la consideran su “madre espiritual”; es una mujer muy amada por todos los que la conocen. Solo Dios sabe cuántas veces sus oraciones impidieron algún peligro, o incluso mi muerte prematura, de mi familia, o de otras personas relacionadas con el ministerio.

A principios de 1990 recuerdo haber llevado a un equipo de ocho personas a Bulgaria en un viaje evangelístico. Nuestro avión llegó tarde a Europa, y nos perdimos el vuelo a Bulgaria. El equipo terminó volando a Roma, Italia, con la esperanza de poder tomar allí una conexión hacia Bulgaria, donde ministraríamos durante el fin de semana en un enorme recinto de Sofía. Yo no entendía la razón de la demora, y estaba bastante molesto porque ya habíamos perdido varias oportunidades para ministrar en ciudades donde el evangelio no había sido presentado públicamente durante cuarenta años de control comunista, entre ellos una ciudad predominantemente musulmana en el sur.

Mientras estábamos en Roma, me comuniqué con mi esposa Pam y le pedí que llamara a la tía Bea para que orara, de manera que pudiésemos llegar a Bulgaria. Bea le dijo a Pam que mientras yo estaba en el avión ella había tenido una visión en la que me vio acostado en lo que parecía ser una camilla de ambulancia, con cortaduras por todo el cuerpo producidos por algún tipo de cristal. Ella comenzó a orar para que Dios nos protegiera de cualquier accidente o ataque que pudiésemos enfrentar.

Junto con un colega del ministerio, finalmente reservé un vuelo de Roma a Sofía, Bulgaria. Después de reunirme con el obispo principal que dirigía los servicios, se me informó de que en la primera ciudad que estaba programada para ministrar, y en la cual no pudimos estar presentes, un grupo radical, posiblemente terrorista, hizo estallar una planta de energía, haciendo que los vidrios de las ventanas estallaran y cayeran en la calle.

El incidente ocurrió durante las horas en que habríamos estado ministrando en una reunión al aire libre en la misma ciudad, cerca del lugar de la explosión. También nos enteramos de que al automóvil en el que íbamos a viajar a la ciudad y desde la ciudad le explotaron dos neumáticos el mismo día en que habríamos estado viajando. El Señor quiso que perdiéramos el avión para protegernos. La intercesión de una mujer, Bea Ogle, hizo que el peligro se apartara de nuestro camino.

―Tomado del  libro Cordones escarlatas por Perry Stone. Publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

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